La luz tenue de la gala no alcanzaba a opacar el aura que irradiaba Alexandra Morgan al volver a la sala principal. Nadie habría imaginado que apenas minutos antes sus labios habían sido reclamados con furia y deseo por el hombre más temido de Rusia. Su andar era elegante, su postura firme, su vestido de seda negra se deslizaba como un río oscuro abrazando cada curva, y sus ojos, grandes y marrones, guardaban la tempestad bajo una máscara de serenidad absoluta.
Se acercó con calma a la mesa de