La tarde caía lentamente en Moscú, tiñendo el horizonte con tonos anaranjados y rojizos que parecían anunciar el fuego que dominaba la ciudad bajo la superficie. En el despacho privado de Mikhail, el silencio reinaba, roto únicamente por el sonido del reloj antiguo en la pared. Las cortinas pesadas filtraban la luz, dejando todo en una penumbra calculada, casi teatral.
Dimitri entró con paso firme, vestido de negro como siempre, su expresión seria y su mirada fija en Mikhail, que permanecía de