La tarde caía lentamente en Moscú, tiñendo el horizonte con tonos anaranjados y rojizos que parecían anunciar el fuego que dominaba la ciudad bajo la superficie. En el despacho privado de Mikhail, el silencio reinaba, roto únicamente por el sonido del reloj antiguo en la pared. Las cortinas pesadas filtraban la luz, dejando todo en una penumbra calculada, casi teatral.
Dimitri entró con paso firme, vestido de negro como siempre, su expresión seria y su mirada fija en Mikhail, que permanecía de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
— Señor —saludó Dimitri con una inclinación leve de cabeza, una muestra de respeto que era costumbre, no sumisión—. Necesitamos hablar.
Mikhail no se giró de inmediato. Su voz, grave y tranquila, se escuchó firme:
—Habla.
Dimitri avanzó un paso.
—He recibido reportes de que algunos hombres están inquietos. Nada fuera de control… todavía. Pero creo que es momento de visitar el Inframundo.
El silencio volvió a caer entre ellos, c