—Yo... solo necesito un momento. —respondí, agarrándome el estómago, sentía un dolor agudo retorciéndome.
—Toma un poco de esto. —la anciana me alargó su petaca y un gemido escapó de mí mientras me inclinaba, iba a vomitar en cualquier segundo.
—¿Qué es?
—Ayudará, te quitará el dolor.
Tomé la petaca y la olfateé solo para apartarla de mí, el potente olor del acónito me quemó las fosas nasales.
—Es acónito. —mi dolor fue demasiado intenso para expresar lo horrorizada que estaba: ella no solo bebí