—Sí. —murmuró hacia mí, moviéndose lentamente de vuelta a su silla. Su bastón golpeaba contra las tablas de madera del suelo.
—¿Por qué?
—Estar escondida tiene un precio.
—¿Escondida? ¿De quién?
—¿Tu madre no te lo dijo? —Un suspiro fuerte siguió, como si le doliera sentarse.
—No. Dijo que usted respondería mis preguntas, que me ayudaría escucharle. Me ayudaría a entender por qué él tuvo que morir.
—¿Quién?
—Alberto...
—Responderé tus preguntas, pero primero, él necesita beber esto.
—No. No esto