Astrid caminó por los pasillos, hasta los aposentos de Alfa Caleb. Inhaló hondo y anunció su llegada. Los guardias le permitieron entrar. Permaneció de pie junto a la puerta, esperando a que su Alfa le dirigiera una mirada o una palabra. El joven lobo se encontraba ensimismado, de pie junto al gran balcón, con sus manos entrelazadas tras su espalda, observando el ir y venir de la manada y, más allá, el enorme desierto que le separaba de Namar. Rompió el silencio.
- ¿Conoces algún método para c