Mundo ficciónIniciar sesión**POV ALICE**
La pantalla del panel de control se apagó, pero el pánico dentro de mi pecho se quedó encendido. Ver esas dos camionetas negras recorriendo la carretera de la montaña me hizo sentir cómo la sangre se me congelaba en las venas. Conocía bien esos vehículos; eran los mismos que Daniel usaba para mover a su equipo de seguridad privada. Me quedé parada en medio de la cocina, abrazándome a mí misma. La ropa gigantesca de Alex me cubría casi por completo, pero sentía un temblor helado en las piernas. —Van a revisar pueblo por pueblo... —musité, mirando al suelo con la voz rota—. El no se va a rendir. Va a ofrecer dinero a la gente de aquí, va a amenazar a quien sea. Si descubre que estoy en tu casa, te va a meter en un problema enorme. Alex dio un par de pasos hacia la barra de la cocina. Se detuvo justo frente a mí. Su presencia era imponente; con solo estar cerca lograba tapar la luz del ventanal con la anchura de sus hombros. Sin embargo, no había un solo rasgo de amenaza en su postura. —Escúchame bien, Alice —dijo con esa voz grave y pausada que parecía retumbar en la madera del piso—. Esta propiedad está registrada a nombre de una empresa privada que ya no existe. La entrada principal está a dos kilómetros de la carretera y el camino privado está cubierto por nieve. Desde afuera, lo único que se ve es bosque espeso. —Pero tu camioneta... la que usaste para ir a buscarme... —Quedó guardada en el garaje subterráneo. No hay huellas de llantas en la nieve porque la tormenta de anoche tapó todo —continuó él, cruzándose de brazos—. Si esos hombres intentan subir por este camino sin mi permiso, se van a encontrar con un sistema que corta cualquier señal celular a la redonda. Lo miré a los ojos, sorprendida por la tranquilidad con la que hablaba de cosas tan complejas. —¿Quién eres? —pregunté sin pensar, bajando la mirada hacia las cicatrices de sus manos—. Ninguna persona común tiene una casa así en medio de la nada. Alex guardó silencio unos segundos. Se pasó una mano grande por la nuca y suspiró despacio. —Fui instructor de seguridad para el ejército durante diez años —respondió de forma simple, sin entrar en detalles molestos—. Cuando me retiré, compré este terreno para estar tranquilo y lejos de la gente. Me gusta el silencio. —Y yo acabo de arruinar tu tranquilidad... —susurré, sintiendo una culpa tremenda. —Tú no arruinaste nada —dijo de inmediato, cortando mis palabras con firmeza—. Tú estabas huyendo de un tipo que quería destruirte. Eso no es tu culpa. Sus palabras hicieron que se me apretara la garganta. Llevaba más de dos años escuchando la voz de Daniel repetirme todo lo contrario. Cada vez que mi cuerpo cambiaba, me decía que yo era una carga, una mujer inútil que solo sabía arruinarle la vida. Escuchar a Alex decir con tanta seguridad que nada de esto era mi culpa me provocó un nudo en la garganta. —Tengo que ponerme a hacer algo —dije rápidamente, tratando de disimular la emoción para no ponerme a llorar de nuevo—. Puedo limpiar o ayudarte a cocinar. No quiero estar aquí sin hacer nada. —Estás herida —protestó Alex, frunciendo el ceño—. Tienes morados en el abdomen y los pies lastimados. —Por favor —le rogué, mirándolo de frente—. Necesito ocupar mi mente. Si me quedo sentada en esa cama pensando en Daniel, me voy a volver loca. Alex me observó durante un momento largo. Parecía estar evaluando qué tan obstinada era. Finalmente, soltó un pequeño aire por la nariz, rindiéndose. —Está bien —accedió, señalando la mesa—. Puedes ayudarme a cortar los vegetales para la sopa. Pero te sientas en la silla. No te quiero de pie. Asentí de inmediato. Nos acomodamos en la barra de la cocina. Él puso una tabla frente a mí con zanahorias y un cuchillo pequeño. Estar al lado de Alex era extraño, pero agradable. A diferencia de Daniel, que siempre estaba gritando por teléfono o criticando mi peso, Alex se movía por la casa como una sombra protectora. No me juzgaba, no me miraba con asco y mantenía un respeto absoluto. Cuando terminamos de preparar la comida, la tarde ya comenzaba a caer. Mientras cenábamos en silencio frente a la chimenea encendida, el panel de control del pasillo volvió a emitir un pitido. Alex se levantó al instante y yo lo seguí, sintiendo cómo el corazón me volvía a latir a mil por hora. En la pantalla de monitoreo, la cámara del pueblo mostraba un coche patrulla de la policía local detenido junto a la camioneta de Daniel. Tres hombres vestidos de traje hablaban con el oficial del pueblo, mostrándole una orden. —Están usando a la policía local —murmuró Alex, apretando la mandíbula—. Ese tipo tiene conexiones. Van a empezar a revisar las propiedades bajo el pretexto de una búsqueda. El pánico me nubló la vista por un segundo. Daniel no solo venía con sus matones; ahora estaba usando a la ley para acorralarme. Alex puso sus manos gigantescas sobre mis hombros, obligándome a mirarlo directamente a los ojos. El calor de sus manos atravesó la tela de mi suéter y detuvo el ataque de pánico. —Tranquila —dijo con una voz profunda que transmitía una fuerza increíble—. Esta casa tiene un espacio subterráneo de seguridad. Mañana, cuando vengan a tocar, tú vas a estar a salvo allí abajo. Y yo me voy a encargar de recibirlos. —No, Alex, te pueden meter en problemas... —Nadie me va a hacer nada —respondió él, sin soltar mis hombros—. Déjame manejar esto a mí. Solo confía en mí. **POV DANIEL** *(En la estación de policía)* Firmé el documento sobre el escritorio del comisario con rabia. —Ahí tiene la denuncia, oficial —dije, mirando al policía que me observaba con duda—. Mi prometida sufre de un trastorno psiquiátrico grave debido a una enfermedad hormonal. Se escapó anoche tras un episodio violento y se robó mi vehículo. Está desorientada y es peligrosa para sí misma. El comisario revisó la foto de Alice que le entregué. —Señor, si la mujer está en la montaña, con este frío no va a aguantar mucho tiempo al aire libre. Mañana a primera hora subiremos con el equipo a revisar los terrenos habitados. —Quiero ir con ustedes —ordené, acomodándome el abrigo para tapar la gasa que llevaba en la cabeza—. Quiero estar presente cuando la saquen de donde se esconda. Esa mujer me pertenece y no me voy sin ella.






