Mundo ficciónIniciar sesión**POV ALICE**
No pude dormir en toda la noche. Apenas despuntó el alba del segundo día desde que escapé de esa casa, el frío en mi pecho se volvió más agudo. Me quedé en la cama gigante de Alex escuchando el viento golpear contra las paredes de piedra. Habían pasado menos de cuarenta y ocho horas desde que el jarrón se estrelló contra la cabeza de Daniel. Mi cuerpo aún recordaba cada golpe: el dolor en el costado derecho por la patada, mis costillas inflamadas y la molestia constante de mi tiroides que me mantenía débil. Unos golpetes suaves en la puerta de la habitación me sacaron de mis pensamientos. —Alice —la voz baja y grave de Alex sonó del otro lado—. Es hora. Me levanté rápido, ajustándome el suéter gris gigantesco que me había prestado ayer. Abrí la puerta. Alex estaba de pie en el pasillo, vestido con botas pesadas, un abrigo táctico oscuro y su rostro serio de siempre. —La policía del pueblo y tres camionetas negras acaban de cruzar el primer puente abajo en la montaña —dijo sin perder la calma—. En diez minutos van a estar tocando en el portón principal. El corazón me dio un vuelco tremendo. El momento había llegado. —¿Qué vas a hacer si Daniel intenta entrar a la fuerza? —pregunté, sintiendo un nudo de angustia en la garganta. —No va a entrar —respondió Alex de forma seca—. Sígueme. Lo seguí por el pasillo hasta la parte trasera de la cocina. Alex movió una alacena pesada de madera que parecía pegada a la pared. Detrás había una puerta de metal grueso con una cerradura digital. Marcó un código rápido y la puerta se abrió con un chasquido ahogado. Al otro lado había un espacio pequeño pero cálido, iluminado con luces tenues. Había un sillón cómodo, botellas de agua, mantas y una pantalla de monitoreo encendida que mostraba todas las cámaras de la casa. —Aquí adentro no entra ningún ruido y la puerta es blindada —explicó Alex, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. En la pantalla puedes ver todo lo que pasa afuera en tiempo real. Quédate aquí, pon el seguro desde el panel interno y no salgas hasta que yo vuelva a abrirte. Miré el espacio y luego lo miré a él. Estaba a punto de arriesgarse por una desconocida. —Alex... gracias —susurré, rozando la manga de su abrigo con mis dedos—. Ten cuidado con Daniel. Es un hombre cruel y no le importa romper las reglas. Alex miró mi mano sobre su armadura un segundo. Su mirada rígida se suavizó solo un poco. —Ese tipo no sabe dónde se metió —murmuró—. Entra. Cerró la puerta de metal y escuché el seguro automático activar los pernos. Me quedé a oscuras por un segundo hasta que la pantalla del muro iluminó el pequeño cuarto. Me senté en el sillón con las piernas cruzadas, mirando la toma de la entrada principal con el aliento contenido. **POV DANIEL** El coche patrulla de la policía se detuvo frente a las enormes rejas de hierro negro. Me bajé del asiento trasero acomodándome el abrigo de marca, sintiendo un pinchazo de dolor en la sien izquierda donde el médico me había puesto los puntos la noche anterior. A mi lado se bajaron dos de mis hombres de confianza y el comisario del pueblo. —Este terreno le pertenece a un sujeto llamado Alexander Vance —dijo el comisario, mirando el portón con evidente respeto—. Es un exmilitar retirado. Vive solo y no le gusta que la gente lo moleste. —Me importa un comino quién sea —dije con fastidio, presionando el botón del intercomunicador del portón varias veces seguidas—. Sé que mi prometida está aquí. Su auto apareció tirado a un kilómetro de esta entrada. Pasaron diez segundos de silencio tenso. La nieve caía despacio sobre mis hombros. De pronto, la puerta pequeña al lado del gran portón de hierro se abrió. Un hombre gigantesco salió a la nieve. Llevaba una postura erguida, hombros anchos como un muro y las manos metidas tranquilamente en los bolsillos de su abrigo oscuro. Caminó hacia nosotros con pasos lentos y seguros. Su mirada gris era fría, dura y sin un solo rastro de miedo. Se detuvo al otro lado de los barrotes de hierro, mirándonos como si fuéramos una plaga molesta. —Comisario —dijo Alexander con voz profunda, ignorándome a mí por completo—. ¿A qué se debe esta interrupción en mi propiedad? El comisario dio un paso adelante, mostrándole una carpeta. —Buenos días, Alexander. Lamentamos la molestia. Estamos buscando a una joven llamada Alice. Su prometido, el señor aquí presente, puso una denuncia. Dice que la mujer está desorientada por un problema de salud y que su vehículo quedó abandonado muy cerca de tu terreno. Daniel dio un paso al frente, pegando las manos al hierro de la reja. —Escúchame bien, infeliz —escupí con rabia, mirándolo desde abajo por su enorme estatura—. Sé que esa mujer llegó hasta aquí. Entrégamela ahora mismo y te evitas un problema legal enorme con mis abogados. Alexander ni siquiera parpadeó. Giró despacio la cabeza y me miró directamente a los ojos. Su mirada era tan oscura y peligrosa que, por un segundo, me dio un escalofrío en la espalda. —No sé de qué mujer me habla, señor —respondió Alex con una voz helada que heló el aire—. Y le sugiero que quite sus manos de mi portón antes de que las considere una amenaza a mi propiedad privada.






