Mundo ficciónIniciar sesión**POV ALICE**
Desperté cuando los primeros rayos de sol atravesaron la ventana. Por un segundo me paniqué, pensando que seguía en el suelo del vestíbulo de Daniel o tirada en medio de la nieve. Pero al moverme, sentí las sábanas suaves y la calidez de la habitación. El dolor en mis costillas seguía ahí pero mis pies ya no estaban congelados. Me senté en la cama despacio. Sobre la mesa de noche había una nota escrita con una letra firme y recta: *"Hay ropa limpia sobre la silla. La puerta de abajo está abierta. No salgas a la nieve."* Miré hacia la silla de madera. Había un pantalón de sudadera gris y un suéter negro de lana, ambos gigantescos. Me quité la ropa rota y me puse las prendas. Me quedaban enormes; el abrigo me cubría casi hasta las rodillas y las mangas me tapaban las manos por completo, pero eran suaves, cálidas y olían a ese perfume a madera que pertenecía al dueño de la casa. Caminé con cuidado hacia el pasillo. La casa era hermosa pero imponente, hecha de piedra y troncos de madera oscura. Bajé las escaleras despacio, agarrándome con fuerza del barandal para no perder el equilibrio. Al llegar al final del pasillo, vi a Alexander. Estaba de espaldas en la cocina, frente a una estufa grande de hierro. Llevaba una camiseta gris pegada a la espalda que dejaba ver la enorme anchura de sus hombros. Estaba picando algo sobre una tabla de madera. El sonido del cuchillo contra la tabla era constante y preciso. Me quedé parada en el umbral, sin saber si avanzar o dar la vuelta. —Buenos días —dijo él sin girarse. Me sobresalté un poco. ¿Cómo había sabido que estaba ahí si no había hecho ningún ruido? —B-buenos días —respondí en un hilo de voz, ajustándome las mangas del suéter gigante. Alex dejó el cuchillo sobre la mesa y se dio la vuelta. Se veía cansado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Tenía sombras oscuras debajo de los ojos grises, pero su postura seguía siendo firme como la de un guardia. Al verme cubierta con su ropa tan grande, sus ojos parpadearon por un segundo y se aclaró la garganta, ligeramente incómodo. —Te queda un poco grande —murmoró, mirando hacia otra parte mientras tomaba una taza de la barra—. Es lo único que tenía. No suelo recibir visitas. —Está bien... de verdad. Gracias —dije, dando un par de pasos hacia la mesa—. Es muy cómoda. —Siéntate. Hice avena caliente y café. Necesitas comer algo para recuperar fuerzas. Me senté en uno de los taburetes de la barra. Alex sirvió un tazón de avena y lo puso frente a mí, junto con una cuchara. Luego se sirvió una taza de café negro y se quedó de pie al otro lado de la barra, manteniendo esa distancia que me daba tranquilidad. Tomé la cuchara con manos temblorosas. Llevaba días sin comer una comida completa por culpa de los castigos de Daniel. El primer bocado de avena caliente me supo a gloria. Sentí cómo el calor me bajaba por la garganta y me reconfortaba el estómago. Alex me observaba en silencio mientras tomaba su café. —¿Sigue doliendo la cara? —preguntó de pronto, con esa voz baja y profunda. —Un poco menos —le dije, tocándome el labio golpeado con cuidado—. Las medicinas que me dejaste me ayudaron mucho. Él asintió en silencio. Apoyó sus manos enormes sobre la barra de madera y se inclinó un poco hacia adelante. —Anoche revisé el camino —dijo en voz baja—. Encontré tu camioneta a dos kilómetros de aquí. La batería se congeló y el motor se apagó. La empujé fuera del camino y la cubrí con ramas para que no se vea desde la carretera principal. Mis ojos se abrieron con sorpresa. —¿Hiciste eso tú solo? —No era difícil —respondió sin darle importancia—. Lo importante es que, si alguien pasa buscando ese vehículo, no lo va a encontrar fácil. Pero necesitas saber algo, Alice. El tono de su voz se volvió serio, y mi corazón dio un vuelco. —¿Qué pasa? —pregunté, dejando la cuchara en el plato. —Tu camioneta tiene un sistema de rastreo GPS de fábrica —dijo Alex, mirándome fijamente—. Logré desconectar la batería para cortar la señal, pero antes de que lo hiciera, el sistema estuvo encendido varias horas. Si el hombre del que huyes tiene acceso a esa red, sabe en qué zona general de la montaña te quedaste sin auto. Un frío helado me recorrió la espalda. El miedo volvió a apretarme el pecho con fuerza. —Él... él va a venir a buscarme —dije, sintiendo que la respiración se me aceleraba—. No se va a quedar tranquilo. Va a contratar a quien sea para encontrarme. Tengo que irme de aquí, no quiero meterte en problemas... —No te vas a ir a ningún lado —interrumpió Alex con una firmeza que me detuvo de golpe. Lo miré asustada, pero en sus ojos grises no había rabia; había una determinación dura y protectora. —Afuera hay una tormenta de nieve y no tienes a dónde ir —continuó él, hablando con calma—. Si sales a la carretera en tu estado, morirás en unas horas. Esta casa es segura y tienes tiempo para recuperarte. —Pero si el rastrea la zona... —Esta montaña es enorme y mi propiedad no figura en los mapas comunes —dijo Alex de forma seca, dándole un sorbo a su café—. Nadie entra aquí. Vas a quedarte, te vas a curar y luego pensaremos qué hacer. Me quedé mirándolo, impresionada por su seguridad. Por meses, Daniel me había hecho sentir pequeña e indefensa. Pero Alex, un desconocido, me estaba dando un techo y protección sin pedirme nada a cambio. Antes de que pudiera decirle algo, un pitido corto sonó desde un panel de control en la pared. Alex caminó hacia la pantalla de seguridad. En la imagen de la cámara se veía la carretera principal, a un kilómetro de la entrada. Dos camionetas negras pasaron lentamente, patrullando la zona entre la nieve. Alex miró la pantalla con calma, pero sus puños se apretaron. —Ya están buscando en el sector —murmuró Alex—. Van a empezar a revisar casa por casa en el pueblo de abajo. Miré la pantalla aterrorizada. Daniel ya había comenzado la cacería. **POV DANIEL** *(En el centro del pueblo de la montaña)* —Señor, el GPS dio su última señal a tres kilómetros de aquí antes de apagarse. La camioneta tiene que estar oculta en este tramo de la montaña. —Pongan a todos los hombres a buscar —ordené con la voz llena de veneno—. Revisen cada taller, cada propiedad y cada cabaña de este maldito pueblo. Alice no conoce a nadie aquí. Si alguien la está escondiendo, voy a destruir a esa persona y me la voy a llevar a la fuerza.






