Lilianne había contado cada segundo de ese día, cada instante que la acercaba a su libertad.
Habló con su hermana a escondidas e incluso aprendió cómo Karla debía entregarle el cheque sin marañas.
Cuando escuchó el auto abajo, agarró el mismo bolso con el que llegó y el bastón con el que fingía debilidad.
Avanzó por el pasillo con unos jeans cómodos y su blusa holgada, lista para tomar su vuelo de regreso a Queensland.
Sin embargo, cuando bajó las escaleras, no se encontró con el chofer, sin