Douglas miró aquel papel como si estuviese leyendo su sentencia de muerte.
—Esto es imposible… ¡Maldito laboratorio de pacotilla!
Lo primero que pensó fue que se habían equivocado.
Casi arrojó el móvil contra la pared, pero recordó que lo necesitaba para una llamada.
Por supuesto, el que pagó el pato fue el pobre Hermes.
—Señor… —respondió la llamada hasta con miedo.
—¡Te dije que buscaras el mejor laboratorio de Estados Unidos y me hicieron esperar un día entero para equivocarse!
—Señor, revis