Durante los tres días siguientes no vi a mi amo, las sirvientas me traían la comida al dormitorio, así como ha veces me ayudaban a bañarme, a vestirme o a peinar mi pelo. El décimo día abrieron la puerta del dormitorio, mientras yo estaba reposando en la cama con un libro en mis manos, levanté la mirada viendo entrar a mi dueño y al médico.
—- Buenos días, vengo a examinar cómo se encuentra hoy, con permiso de su amo — me dijo el doctor.
Me deje examinar, abriendo las piernas, mientras mi dueñ