El paso del tiempo no se detuvo, y las sombras de la guerra comenzaron a alargarse más y más sobre el reino. Cada amanecer traía consigo la incertidumbre, mientras cada atardecer dejaba una sensación de derrota creciente, como si el sol mismo estuviera cediendo ante la oscuridad que se aproximaba. Isabella y Alejandro pasaban horas encerrados en las salas de estrategia, consultando mapas, decidiendo sobre los movimientos de sus ejércitos, pero el peso de sus decisiones se hacía más evidente en