El aire estaba cargado de tensión cuando Isabella pronunció sus últimas palabras, cada uno de los nobles presentes comprendió que había cruzado una línea. La sala se llenó de un pesado silencio, como si la propia gravedad del momento hubiera dejado a todos sin aliento. Aun así, Isabella se mantuvo firme, sin apartar la vista del Conde Arlan, cuya cara arrugada parecía esconder más secretos de los que se podía imaginar. La batalla que comenzaba no solo era por la supervivencia de su reino, sino