El choque de espadas resonó en el aire como un estrépito de trueno. Isabella, con una determinación feroz en los ojos, se enfrentó a Alaric. Cada movimiento era calculado, cada paso, una demostración de su maestría en el combate. La furia en su corazón la impulsaba más allá de los límites físicos, y sus movimientos se volvieron más rápidos, más certeros, como una tormenta en el campo de batalla.
Alaric, por su parte, era un hombre temido por su crueldad y su destreza en combate, pero algo en la