La mañana en la mansión Villalba se presentaba serena a los ojos de cualquiera que pasara frente a sus jardines cuidadosamente podados. El cielo estaba limpio, el sol se asomaba tímido entre las copas de los árboles, y una brisa fresca recorría los ventanales entreabiertos del ala norte. Pero esa paz era solo una fachada. Por dentro, la mansión parecía un organismo en estado de alerta.
Los miembros del personal caminaban con pasos más medidos que de costumbre, intercambiando miradas silenciosas