Clara entró cargando una caja de pizza, sonriente, empapada por la lluvia.
—¡Valeria! ¡Mira lo que te traje! ¡Princesa, sorpresa! ¡Traje tu pizza favorita!—canturreó, esperando la respuesta alegre de siempre. Pero no hubo ningún grito de emoción. Ninguna risita. Ningún sonido.
El silencio la golpeó de lleno. Sus palabras quedaron flotando en el aire. Se detuvo, extrañada por el silencio. Algo no estaba bien. Las risas, los gritos de alegría habituales de Valeria no llegaron.
Clara frunció el ce