La puerta principal de la mansión Villalba se abrió con un leve chirrido que parecía anunciar el comienzo de algo inevitable. El aire en la sala era denso, casi irrespirable, como si las paredes mismas presintieran que algo estaba a punto de romperse. El sonido de los tacones de Leticia resonó con firmeza sobre el mármol, seguido por los pasos más discretos de su madre, Camila, y de Elena, quien cerraba la marcha con el rostro sereno, pero el pecho agitado.
Las tres entraron con un aire de reso