El viento comenzaba a agitar las copas de los árboles, y las primeras gotas de lluvia de la noche caían sobre el asfalto del condominio cerrado donde vivía Valeria. Esteban Ríos, al volante de su vehículo oscuro, observaba el reloj con calma perversa. Sabía que el pedido de pizza estaba por salir. Lo había planeado todo con precisión. En cuanto vio la moto del repartidor saliendo del lugar empezó a seguirlo. Después de dejar un pedido, se percató que de encaminó hacia la calle empedrada que con