El café sabe amargo. Y no por el tostado, sino porque llevo toda la noche sin dormir.
El vapor se eleva en espirales finas desde la taza, chocando contra mi rostro, pero ni el calor ni el aroma consiguen despertarme del todo. Mis ojos arden, mi cabeza late y siento ese vacío estúpido en el pecho que no se calma con nada. Pasé la noche dando vueltas en la cama que Sandra me preparó, con la ropa de la fiesta doblada sobre una silla y el eco de mis palabras —“lo arruiné”— resonando una y otra vez