No miro atrás.
No puedo. Si lo hago, sé que me voy a romper.
Camino con paso firme, o al menos eso, intento. Mis piernas apenas me sostienen mientras me alejo de Alexander, mientras dejo atrás su rostro lleno de esa mezcla de confusión, de herida y de rabia que me perseguirá por mucho tiempo. Siento el murmullo del salón filtrándose entre la música y las risas falsas, la luz dorada reflejándose en los cristales, las copas chocando, el murmullo elegante de los invitados. Todo sigue su curso, aje