El silencio de la noche me despierta. No es un ruido, ni un movimiento brusco, mucho menos una pesadilla. Es algo más cruel: la conciencia.
Abro los ojos lentamente, desorientada por un instante, hasta que la penumbra de la habitación me envuelve. La luz tenue de la ciudad entra filtrada por las persianas que olvidamos cerrar, dibujando líneas suaves sobre las paredes y el suelo. Mi respiración es tranquila, pero mi corazón no lo está. Late de manera pesada, como si arrastrara el peso de todo l