Siento las piernas flojas, como si ya no me pertenecieran. El aire en mis pulmones es escaso, insuficiente, y tengo que obligarme a ponerme de pie y caminar hacia el elevador porque de lo contrario me habría desplomado en medio del mármol brillante.
El trayecto hacia el ático se me hace eterno. Cada segundo encerrada en ese ascensor es como una tortura: el reflejo de mi propio rostro en el espejo de la pared me muestra una palidez enfermiza, los labios tensos, los ojos abiertos de más, como si