Salgo de la habitación con el pecho apretado, con esa sensación amarga de que todo se me está escapando de las manos. No es la primera vez que discutimos, pero esta vez hay algo distinto en la forma en que Alexander me había mirado antes de entrar al baño. No es solo enojo, ni siquiera celos; era decepción. Y eso, de todas las emociones que puedo despertar en él, es la que más me puede llegar a doler.
Camino por el pasillo, en silencio, descalza, lista para mi día, como si fuera una especie de