Cuando dejamos la pista, Alexander me toma de la mano y me guía hacia el área VIP. Siento que todo lo que me he repetido durante el día se deshace como si nunca hubiera existido. Había pasado horas jurándome que sería más distante, que él podía irse al carajo, que yo soy más fuerte que cualquier impulso. Y ahora aquí estoy, con su calor en mi piel, con su mirada, encendiéndome de una forma que me vuelve imposible sostener esas promesas.
«Qué fuerza de voluntad, la mía, ¿no?», pienso con ironía.