La cocina del ático se ha convertido de cierta manera en mi refugio. No sé si es el mármol blanco, o el contraste cálido de las luces bajo los estantes, o tal vez el silencio mullido que tiene este lugar… como si aquí todo, absolutamente todo, pudiera detenerse. Como si el mundo quedara afuera por completo.
Hoy el aire huele a carne dorándose, a especias, a pan tibio y a hogar.
Es absurdo pensarlo —un ático de lujo, una cocina de revista y Alexander controlando todo con la precisión de un ciruj