El silencio del ático siempre ha tenido un sonido particular, casi como un susurro cálido que se enreda entre las paredes, las ventanas enormes y la luz suave que se cuela a través de las puertas corredizas. Hay tardes en las que el lugar parece respirar conmigo, acompasando el ritmo de mi corazón, imitando la cadencia ligera de mis movimientos. Hoy es una de esas tardes tranquilas y templadas, casi suspendidas en una calma tan improbable que daba gusto dejarse caer en ella.
Estoy sentada en el