Mundo ficciónIniciar sesiónFueron días de agonía. Me hice numerosos exámenes en la certeza de que yo era la infértil, pero en todos las pruebas siempre quedaba demostrado que yo sí podía concebir, incluso tener una vasta prole. -El problema es su marido-, me dijo entonces el ginecólogo convencido, revisando una y otra vez los resultados de mis análisis. -Usted está en perfectas condiciones, señora Monroe-, me subrayó.
No me sentí aliviada, por el contrario me percibí defraudada, dolida y lastimada, desconcertada sin saber qué hacer o qué decisión tomar al respecto. Yo ya conocía bien a Joseph y sabía que no iba a digerir bien el hecho de que él fuera el problema de que no pudiéramos concebir, lo que era nuestra máxima ilusión y aspiración. Ni siquiera sabía qué decirle o cómo afrontar las cosas. Como era obvio, Joseph, se puso violento, explosivo, iracundo y no quería saber nada con exámenes médicos ni a someterse a pruebas ni iniciar un tratamiento de fertilidad. -Yo estoy bien, Jacky, soy un semental, hago sufrir a las mujeres ja ja ja-, se ufanaba él inflando su pecho. -Si queremos tener familia, debes someterte a un examen y poder encarrilar las cosas-, le subrayé cruzando los brazos. Le expliqué que ahora habían tratamientos para mejorar la calidad de su semen, de que posiblemente era una situación normal, pasajera, que podría estar sufriendo estrés o sentía la presión de querer concebir de una buena vez. -Hay muchos factores de por medio, Joseph, debes someterte a las pruebas-, le pedí. -Jamás-, se entercó él. Entonces, Joseph cambió. Ya no era el joven divertido que me sedujo y me enamoró hasta la locura sino se había tornado taciturno y huraño, renegaba por cualquier cosa y empezó a sacar malas notas en la universidad, perdió interés en la medicina y por el contrario, se iba con unos amigos a libar licor dos o tres días seguidos sin que volviera a casa. Ya no hacíamos el amor, me ignoraba, me trataba mal y empezaron a llamarlo al móvil numerosas mujerzuelas invitándolo a salir . Él se embelesaba susurrándoles cosas a esas féminas, diciéndole que las haría gozar, que era muy viril, un verdadero súper macho y que las haría ver estrellas, sin importarle de que yo lo escuchaba hablar. ¡¡¡Me trataba como a su empleada!!! Lo que más me preocupaba es que él se estaba arrojando a la bebida. No voy a olvidar nunca esa vez que lo rescaté de una cantina miserable, al oeste de la ciudad. Un amigo en común me llamó, justo cuando yo participaba en una pasarela con creaciones exclusivas de una diseñadora famosa. -Tu marido está muy borracho, le han robado hasta los calzoncillos, lo han dejado tumbado en el suelo, roncado como un paquidermo-, me dijo. Dejé todo en la pasarela y fui a todo prisa, en mi auto, hasta ese antro y en efecto, lo encontré a mi marido desnudo, inconsciente, borracho, sentado en un rincón de la cantina completamente desnudo. Sus propios amigos le habían robado hasta los calzoncillos. Cargarlo fue un drama. Nadie quiso ayudarme. Joseph ya no era un enjuto y pesaba una tonelada. Comía bien a mi lado, yo me esforzaba para tenerlo bien alimentado y ahora él parecía un caballo. -¡¡¡Ustedes son unos miserables!!!-, le dije a todos los borrachos que me miraban divertidos, sin mover un dedo para auxiliarme, arrastrando a Joseph hacia mi auto. Caí varias veces al suelo y ni aún así esos tipos me ayudaron a levantarme. Yo lloraba presa de la impotencia de verme en una situación así, tan deplorable. Después de llegar a la casa, metí a la ducha a Joseph y lo remojé con un gran chorro de agua fría. De pronto mi marido estalló en llanto. Lloraba a gritos sin poder contenerse, remeciendo la casa. Lo que yo no sabía es que él era amante de los tragos desde casi un niño. Bebía a escondidas con malos amigos y era muy aficionado a la cerveza y al trago corto. Y cuanto le dije que yo era fértil, sin problemas para concebir, él entro en tal depresión que bebía días enteros, desde la mañana hasta la madrugada, gastando el dinero que yo ahorraba pensando en tener familia con él. Cometí el error, otro más, de darle una tarjeta de mi cuenta del banco, y entonces él gastaba a manos llenas. No me iba a quedar de brazos cruzados, tampoco. Me quejé con los padres de Joseph y ellos resondraron muy feo a su hijo. Él aceptó toda su culpa y se dispuso a hacerse los chequeos médicos. -Necesitas la responsabilidad de una familia para que dejes de comportarte como un alcohólico-, lo convencieron los papás. Ellos tenían razón. Sin embargo los exámenes confirmaron lo que me había advertido mi ginecólogo: Joseph era impotente.






