En lo mejor de mi conversación con Ponds sobre el éxito de mi hotel en Miami, reparé entonces que un sujeto no dejaba de mirarme, incluso con mucha atención, sin perderme detalle. El tipo, sin embargo, me parecía conocido, lo había visto antes, pero no recordaba dónde y en qué circunstancias. El fulano aquel era alto, fornido, lucía brazaletes en las muñecas y cadenas de oro colgando del cuello, tenía un corte de pelo muy atractivo y original y probaba, también, un brandi en el bar del hosped