Toda esa semana que volví a la ciudad, fue un infierno para mí. Aparte de que yo desconfiaba de mi marido, estaba traumatizada por lo que había visto, a esa mujer que estaba atada y amordazada en la mazmorra que usaba Medel para dar rienda suelta a su pasión por el bondage y el bdsm. No podía dormir porque empecé a escuchar voces, quejidos, latigazos, suspiros, órdenes en alta voz y risotadas muy fuertes, tétricas y fantasmagóricas, no solo de féminas sino de varios hombres que comenzaron a lle