Fue una semana fantástica en realidad y la pasamos de maravillas en Abu Dabi. Como me había advertido Helen, las autoridades locales me obligaron a subir en un camello enorme y malhumorado, que estaba bien ataviado con muchas prendas de colores, cordones y lucía bastante coqueto, sin embargo el camélido refunfuñaba y daba bufidos muy enojado, más aún después que intenté montarlo.
-No le hace gracia que yo le monte-, dije asustada, rodeada de todas las autoridades de la ciudad, los cientos de