Capítulo 3

  Me hice modelo muy joven. Ya de adolescente yo era muy cotizada, reclamada y venerada por publicistas y empresarios y aparecía en diversos spots publicitarios y clips, aparecía siempre en diferentes portales de la web y colmaba las páginas de los catálogos. Me hacían videos para la televisión y en los portales de internet. A mí me gustaba lo que eran las pasarelas, los vestidos, las modas, los aplausos, las fotos y los videos. Me sentía en la gloria en medio de tantos aplausos,  aclamaciones, piropos, miradas embelesadas e hipnotizando hombres y mujer por igual. Disfrutaba mucho ese ambiente de glamour, encanto y veneración, de luces y colores, de un firmamento colmado de estrellas. Mi abuela también fue modelo, al igual que mi madre, incluso mamá fue actriz y estuvo en muchas telenovelas y miniseries en la televisión, entonces yo seguí la estirpe de ellas. Heredé el encanto y belleza  de ellas y apenas cumplí la mayoría de edad, firmé un contrato millonario para lucir las prendas exclusivas de la casa Galjuf, la más cotizada del mundo. Sus vestidos se vendían en el planeta entero y yo era la cara visible de sus creaciones, siempre sexys, sensuales y hasta eróticas.

   Eso, obviamente,  me abrió las puertas del éxito. Muchas empresas, fábricas y financieras pugnaban por contratarme, ofreciéndome ingentes sumas de dinero. Me pagaban una fortuna en realidad y yo no lo gastaba, por el contario ahorraba e invertía porque quería tener más y más. 

    Al principio mi representante era Nancy James, una reconocida mánager y promotora, que trabajaba con las chicas más lindas del mundo, pero no me gustaba que ella se llevara los mayores porcentajes de mis pagos, incluso triplicaba mis propias ganancias. Algo que yo tenía muy desarrollado era mi carácter rebelde. A diferencia de otras muchachas que aceptaban lo que les daba James, yo reclamaba y exigía mejores dividendos. -Se supone que yo soy la modelo, quien pone la cara en éste negocio de las modas-, le decía enojada pero ella afirmaba que se encargaba de los contactos, de reunirse con empresarios y eso no era un trabajo fácil y le demandaba tiempo y dedicación. Me pareció una excusa muy burda y fatua y entonces rompí palitos con ella y decidí encargarme yo misma de mis contratos.

   Fue lo mejor que hice. De repente los otros promotores ya formaban largas filas por mi firma y aparecer en avisajes de toda índole, participar en pasarelas de modas, con creaciones exclusivas, en todo el globo terráqueo, y hasta empecé a intervenir en clips musicales con sonado éxito.

   Lo que hice fue fácil. Yo daba tal o cual porcentaje por contrato y no por campaña o por temporada y eso me hizo ganar más dinero que con Nancy James y como les digo ,yo invertía lo que ganaba, y hacía que el dinero se inflara como un gran globo hasta que se convirtió en un aerostático, je je je.

   Bailar también me venía de pequeña. Participé en millones de festivales en el colegio, me divertía aprendiendo las coreografías de moda, yo resultaba muy ágil, tenía  además que tenía la cintura de jebe, mucha cadencia, sabrosura y me sobraba sensualidad, entonces se me hico fácil bailar con los artistas de moda en sus videos que se tornaban en virales en el internet. En ese sentido, obtuve muchísimos contratos porque mi belleza era un regalo para los ojos de todo el mundo, un imán para los hombres que me deseaban a gritos.

   ¡¡¡Siendo bailarina tenía más fama que los propios artistas!!!

   Lo que no me gustaban era participar en películas o las telenovelas. No era lo mío, a diferencia de mi madre que, ya les dije, fue una actriz muy cotizada y ganadora de numerosos premios porque ella tenía mucha vena para la actuación lo que me faltaba a mí. 

    Sin embargo y como les digo, las pasarelas y el modelaje y participar en clips musicales me abrieron la puerta del estrellato que era lo que tanto anhelaba.

   De pronto yo era súper millonaria. Y en ese sentido le estaba agradecida a Nancy James porque cuando ella más me explotaba más tomaba yo mis providencias, ahorrando e invirtiendo, porque sabía que estando en su cartera de modelos no tenía ningún futuro.

   Y fue entonces que empezaron a aparecer los hombres en mi vida, atraídos por mi belleza y mi fama... y por supuesto, mi dinero, je je je. Uno tras otro se alinearon en torno a mí, haciéndome la corte. Ya dije que lo bueno es que soy rebelde y que no me dejo mangonear por nadie, pero lo malo es que soy muy enamoradiza. ¡¡¡Me encantan demasiado los hombres!!!

   En realidad siempre me han gustado ellos. Demasiado. En el colegio me enamoré de mi compañerito de carpeta, tanto que le hacía poemas, le dibujaba corazoncitos, comíamos juntos nuestras loncheras y hasta le hacía las tareas mientras él jugaba fútbol con sus amigos, pero a mí no me importaba nada, tan solo estar a su lado, perdidamente rendida a su encanto.

   Luego siendo adolescente, me enamoré del campeón de atletismo de la escuela, George Moore. Uffffff ese chico sí que estaba para comérselo enterito. Era hermoso, alto, gallardo, fornido, alfombrado de vellos, el rostro bien pincelado y además distendido y divertido. Todas las muchachas del colegio suspirábamos por él, sin embargo George únicamente le tenía ojos para Marcia Hamilton, la jefa de las porristas, la chica más linda del colegio.

   Yo, por supuesto, me moría de celos, me incendiaba de rabia, y ansiaba estrangular a Marcia y lo peor fue que Moore nunca me hizo caso, por más coqueteos y flirteos que le hacía quedando desairada por completo mientras que Marcia disfrutaba a sus anchas de su compañía.

   No supe más de ellos. Por más que busqué en el internet alguna información de George y de Marcia, no encontré nada de nada. Una lástima, porque estoy segura que él hubiera sido uno de mis tantos maridos que tuve en mi azorada existencia, je je je. O quizás, con él a mi lado, no me hubiera casado tanto, hummmmmm, ¿Quién lo sabe? Nadie, por supuesto.

    Lo curioso de todo eso es que yo me hice famosa mientras que, ya les digo, a George y a Marcia se los tragó la tierra y desaparecieron por completo de la faz de la Tierra. Cosa de la vida.

   Ya era modelo, entonces, destacaba en las pasarelas, mi rostro estaba en muchísimos avisajes y clips publicitarios, y fue cuando conocí a una fotógrafa, Helen Morris.  Era la directora de una revista de modas y tenía versión impresa y también una página web. Ella fue a buscarme culminando una de de mis presentaciones, en una exhibición de tangas, bikinis y lencería audaz en un conocido hotel de la ciudad. Quería hacerme un reportaje.

    -Encantada-, le sonreí.  Hicimos una buena amistad y aún hoy, ella sigue siendo mi mejor amiga, confidente, cómplice,  compinche, socia y sempiterna dama de honor jejeje. Ella fue la que me dijo  sobre firmar siempre un contrato de matrimonio antes de contraer nupcias.

    -Ya tengo dos divorcios, Jacqueline, y voy por el tercero porque mi marido me engaña con su secretaria-, me contó Helen mientras comíamos helado en el centro comercial de la ciudad.

   Quedé boquiabierta, pasmada y sin palabras. -Pero tú eres muy joven para divorciarte tanto-, quedé embobada.

   -Es que no encuentro al hombre perfecto-, sonrió ella pícara y traviesa. Helen era igual que yo, demasiado enamoradiza. A mí, todos los chicos me parecían fascinantes y era tan voluble que nunca estaba conforme con ninguno. Ella también.

   -Debe ser traumático divorciarse-, acepté mordiendo una tostada. Yo entonces ni siquiera había tenido novio, tan solo romances platónicos. Me daba miedo enamorarme. Pensaba que casarse me pondría cadenas y ya no podría seguir haciendo lo que tanto me gustaba, el modelaje.

   -Cada vez antes de casarme hacía obligar a mi futuro marido un contrato de matrimonio, eso te asegura seguir haciendo lo tuyo-, continuó Helen sonriendo.

   -¿Separar los bienes?-, quedé desconcertada.

   -No seas tonta, nada de separar, ir a medias o darle tal o cual cosa al marido, ¡¡¡tú te quedas con lo tuyo!!!-, ahora las risas de mi amiga eran explosivas y eufóricas. Eso me daba mucha risa, también.

   -Los hombres se negarán a firmar algún contrato porque no les conviene perder-, dije.

   -Es que es esa la ventaja de ser mujer, pues, Jacqueline, ¡¡¡tienes a los hombres a tus pies!!!-, celebró ella muy oronda y triunfal, igual si hubiera descubierto el eslabón perdido.

   Por la noche, Helen me envió a mi móvil uno de los contratos de matrimonio que había suscrito con su segundo marido. Lo leí con detenimiento. En efecto, el tipo renunciaba a la fortuna ella, casa, carro, muebles, ropa, artefactos y cuentas en el banco. Me fijé en las cláusulas y me interesó muchísimo un acápite que establecía que Helen decidía en qué momento separarse del sujeto, sin necesidad de ir a juicio. ¡¡¡El divorcio era automático!!!

   -Tú estás bien loca-, le escribí a su móvil.  Helen me respondió de inmediato. -Loca pero dichosa-, escribió ella  con un emoji de una carita de felicidad.

  Helen lo tenía todo fríamente calculado:, abogado, notario y juez que avalaban los contratos. -Si el hombre no quiere, entonces no se casan, así de fácil-, me recomendó.

   A mí no me parecía posible eso. -¿Qué pasa si encuentro al hombre perfecto y él se niega a firmar un contrato de matrimonio? entonces perdería soga y cabra-, la reté. Helen volvió a mandarme un emoji eufórico. -El hombre perfecto no existe-, fue su texto firme y resoluto.

    La locura, ciertamente, contagia ¿no?

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