Mundo ficciónIniciar sesiónSentada frente al mar junto a mi hija, viendo las olas estrellarse en la playa, el vuelo grácil de las gaviotas, el cielo límpido, pintado de celeste, y disfrutando del murmullo intenso del océano repitiendo mi nombre, me preguntó ella, de repente, qué ha sido de mi vida, quién fui, qué hice y si alguna vez fui feliz. Yo me casé diez veces y, sin embargo, al final me quedé sola, únicamente con mis recuerdos atesorados en lo más hondo y profundo de mi corazón.
Mis amigas dicen que yo fui una desquiciada, que no valoraba a los hombres, que nunca supo lo que es la felicidad, que jugaba con los sentimientos de la gente y que me aproveché siempre de mi belleza para engatusar, engañar y mortificar, como una vampiresa que disfrutaba de la sangre ajena. Eso decían. -Has sido siempre una femme fatale, una vampiresa-, reían ellas mortificándome. Peor opinión de mí la tenían mis enemigas, por supuesto. Me tildaban de demonio, sátrapa, malvada y ruin, sin corazón y por eso, afirmaban, yo era una infeliz . Sin embargo, yo no me quejo de nada. Los hombres me idolatraban y veneraban y yo los supe valorar siempre, lo que sucede es que los números son tan fríos y gélidos que a veces espantan. No reniego de mi vida, tampoco. Me casé diez veces, eso es verdad, tuve diez maridos y pese a las apariencias, no me arrepiento de ellos y guardo maravillosos recuerdos de cada uno, fui feliz en cada relación y jamás le fue infiel a ninguno y por el contrario disfruté del intenso amor que me dieron ellos a su manera. No tuve una vida disipada como podrían pensar con tantas bodas, por el contrario viví intensamente mi existencia y disfruté de los hombres que amé, unos más que otros, algunos incluso con locura y me apasioné tanto que los llevo siempre, como una impronta indeleble, en mi corazón, en mis sentimientos y en mis pensamientos, cada uno en su respectiva dimensión. ¿Se imaginan? me casé diez veces y por eso les digo que los números muchas veces espantan, al menos a mis amigas se les ponía los pelos de punta, desorbitaban los ojos, empalidecían y hasta se les caía la boca al suelo, cuando les anunciaba que me volvía a casar una y otra vez. Sostenían, entonces, que yo estaba loca o que me faltaba un tornillo o que jugaba con los hombres o era, simplemente, una sádica despiadada. El ser humano, de por sí, no es de confiar. Por eso existe la mentira y la traición. Y es por eso que siempre me encantó la inmensidad del mar, porque en su vaivén y en sus cánticos y murmullos de olas, el océano dice cosas ciertas. Pronuncia mi nombre, me recuerda mis amoríos, me dice mis errores y también aplaude, en sus estallidos golpeando los riscos y los acantilados, destacando mis éxitos y alegrías. Por eso vengo en forma sempiterna hasta la orilla para hablar con el mar, dejando que el viento juegue con mis pelos y embriagándose con su aroma tan peculiar y sabroso. Ralph, mi séptimo marido, me preguntó, una vez, si acaso yo era una ninfómana, una maníaca o algo por el estilo por tener tantas relaciones diferentes, divorciándome otras tantas. -¿O es que quieres entrar al libro de los récords?-, reía él, después de hacer el amor en forma intensa conmigo. Él fue uno de mis mejores amantes. Me encantaba su virilidad, me hacía sentir en las estrellas y me llevaba al delirio y hasta la inconsciencia. Yo le pedía que lo hiciera fuerte, cada vez más fuerte porque él eras vehemente, febril e impetuoso y eso era realmente excitante. Me encantaba disfrutar esas emociones y yo me sentía perdida en el limbo con sus besos y caricias, rodeada de muchas luces y colores. No es que yo quisiera establecer un primado, sino que mis matrimonios, los diez, estuvieron, siempre, signados por el infortunio y finalmente fracasaron, sin alcanzar la felicidad plena que yo ansiaba, anhelaba y buscaba. A veces pienso que no eran ellos sino yo, porque jamás estaba conforme, que quería nuevas experiencias o simplemente no encontraba a mi media mitad o mi alma gemela que tanto anhelaba y ansiaba, eso tampoco pude saberlo. No creo que me haya apurado mucho, además, ni era precipitada ni alocada o como me decían mis amigas, me faltaba un tornillo, sino que realmente me enamoré, mucho de ellos, de cada uno, que pensaba, a pies juntitos, que mi amante de turno era el hombre indicado de mi vida. Claro, equivocarse diez veces, ya no es casualidad, por eso digo que siempre hubo una impronta de infortunio en mis relaciones maritales. Lo que creo y estoy convencida de eso, es que un matrimonio es una química perfecta. Dos personas cronometradas que se aman mucho, se entienden a la perfección y que lo comparten todo. Todos mis matrimonios adolecieron siempre de algo. No sé si yo me equivoqué o fallaron ellos, eso jamás podría saberlo. Para mí es fácil echarles la culpa pero también sería fatuo inventar excusas, porque es como negar lo que yo hacía. Lo hice y ya, bien o mal, me casé diez veces, viví emociones intensas, conocí de alegrías, llantos, pesares, decepciones, frustraciones, risas, felicidad y descubrí mi propia personalidad, de lo que realmente era yo o lo que quería, en fin, viví intensamente. No le debo nada a nadie, no lastimé a ninguno de esos hombres, por el contrario, gocé cada minuto, con ellos, no los decepcioné y seguimos siendo amigos, al menos con los que aún están vivos. El mar no es hipócrita, por eso me gusta estar junto a él, disfrutando del canto de sus olas, acompañado, igualmente del vuelo grácil de gaviotas, viendo las figuras extrañas que dibujan las nubes en el firmamento y maravillándome con la chupina blanca que se queda, como una sonrisa, pintada en la arena mojada. -¿Te volverás a casar, madre?-, me preguntó mi hija Brenda. No lo creo. Ya tengo 60 años, como les digo viví intensamente cada minuto de mi existencia, tuve aventuras increíbles, viajes insólitos, amoríos de película y fui reina por unos cuantos meses en una monarquía. Y lo que más valoro de todas esas emociones, es que aprendí que de lo que se trata la vida es de vivir y no de sobrevivir.






