Alexander se sobresaltó al sentir el toque de la mujer que había irrumpido en su casa. La noche estaba en silencio, y el roce de aquellas manos ajenas lo hizo girar bruscamente.
—¿Qué rayos estás haciendo? —gritó, apartándose con furia.
Julia lo miró con una mezcla de deseo y desesperación.
—Sé que estás solo. Escuché por ahí que tu prometida te dejó… por favor, dame la oportunidad de demostrarte que conmigo puedes sentir más de lo que pudiste experimentar con Victoria o con Aurora.
Alexander l