El ulular distante de las sirenas se hacía cada vez más audible, una promesa de caos y rescate. Arthur Hamilton, con el sudor frío perlado en la frente y la pistola encañonando alternativamente a Alan y a Karoline, se dio cuenta de que su ventana de escape se cerraba. Su último guardaespaldas, nervioso, observaba los alrededores.
—¡Maldita sea! —vociferó Arthur, el odio transformado en pánico—. ¡Esto no se va a quedar así, Karoline! ¡Por ahora te saliste con la tuya!, Pero voy a regresar por us