La figura de Victoria descendió del vehículo negro con una postura altiva y una sonrisa de suficiencia que Alexander conocía muy bien y que ahora le molestaba de sobremanera. Llevaba una carpeta con documentos en las manos.
Alexander, de pie junto a Mel y Richard, sintió que la sangre le hervía.
—¿Cómo se atreve a venir aquí? —murmuró Alexander, su voz tensa. Su mano se cerró en un puño a su costado.
—Por favor, Mel —pidió Alexander, girándose hacia la chica con una urgencia palpable—. Dile a