El sol de la mañana se filtraba por las ventanas de la mansión King. La noche había sido larga y tensa, pero la presencia de Aurora en casa había traído una calma profunda a Alexander. Max, ajeno al drama de las últimas horas, estaba terminando de desayunar.
Alexander estaba sentado en el comedor, junto a Aurora. Él no dejaba de mirarla, como si temiera que, si parpadeaba, ella desaparecería de nuevo.
—Tienes que prometerme que jamás volverás a alejarte de los escoltas, por favor mi amor —dijo