Alan siguió golpeando a Karoline, su furia no disminuía, tratando de sacarle la verdad sobre el secreto que ocultaba a Aurora, y a la vez cobrarse por haber intentado matarla. Karoline, con el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado, se revolvía en el suelo, su respiración era un jadeo doloroso.
—¡No me vas a decir nada, perra! —rugió Alan, levantándola por el cabello.
—¡Hazlo! ¡Mátame! —desafió Karoline, con la voz rota pero los ojos feroces—. ¡Por más que me golpees, no voy a revelar nada!