El silencio que se sentía en la mansión cuando regresamos del juzgado era totalmente distinto a cualquier otro que hubiera experimentado. Ya no había esa pesadez en el aire ni la sensación de que alguien nos vigilaba desde las sombras. Subí las escaleras casi corriendo y me detuve en la puerta del cuarto de Max. Lo vi allí, sentado en la alfombra jugando con sus legos, ajeno a la tormenta que acababa de deshacerse sobre nuestras cabezas. Saber que Victoria nunca más volvería a ponerle una mano