El silencio que se produjo cuando Amanda caminó hacia el estrado fue absoluto, una calma tensa que precedía al estallido de una tormenta. El secretario le tomó el juramento con voz trémula, mientras Victoria, en su asiento, apretaba los bordes de la mesa de madera hasta que sus nudillos se le pusieron blancos. Amanda se sentó, respiró hondo y miró directamente al juez Miller, ignorando la mirada asesina de la mujer que la había extorsionado durante meses.
—Su Señoría, estoy aquí para decir tod