Mundo de ficçãoIniciar sessão—¿Por qué me dejaste aquella noche? —debía entender.
—Porque fui un idiota. Creí que la amistad era primero, y nunca fue mi amigo de verdad. —¿Quién? ¿Luis? —Sí. Nos conocíamos desde hacía mucho y lo consideraba un amigo, pero tarde entendí que no lo era. —¿Y yo? ¿Qué papel jugaba en eso? ¿Creíste que algo pasaba entre Luis y yo aquella noche? ¿Pensaste que...? No te vi más después. —Tú le gustabas mucho… —Y yo te quería a ti. —Igual yo, pero... —muevo la cabeza, arrepentido por los años perdidos, y suspiro—. No sé. No tengo excusas, la verdad. —Yo te amaba. Desde siempre. Desde que te vi la primera vez en el liceo, cuando empecé primer año y tú nunca levantabas la mirada para verme siquiera. —Los ojos se le llenaron de lágrimas. —Sí te veía, solo que era demasiado tímido, y me escondía para verte. Siempre en silencio. Siempre sin decirlo a nadie. —Qué idiotas fuimos. —ríe suave. —Sí… mucho. —La vuelvo a besar, arrepentido por el tiempo perdido, pero con el deseo intacto a pesar de los años. Desearía poder volver atrás, pero es imposible. Quizá debía ser de esta forma; quizá el destino nos tenía que juntar cuando por fin tuviéramos la madurez necesaria para afrontar nuestro deseo, y no antes, cuando éramos niños. Quizá era necesario. —¿Y ahora?... ¿Cómo seguimos? —pregunto, temiendo la respuesta. —No lo sé. Ya debieron pasar mil lunas, porque había jurado nunca ser infiel… ni en mil lunas. Las lágrimas comenzaron a salir poco a poco y la voz se le cortaba, ahogando las palabras en la garganta. Sentí culpa: si no la hubiera besado antes, no la habría empujado a esto. La abracé fuerte, conteniendo sus miedos y su remordimiento. Era un sentimiento compartido, y no dejaría que cargara sola con todo el peso. —¿Qué hago ahora? ¿Cómo voy a verlo a la cara? —ahora comprendía que lo peor estaba comenzando. —No puedo ayudarte, por más que quiera. Esta debe ser tu decisión, y voy a respetar lo que decidas. Pero me gustaría ser tu elección… esta vez. Se separó de mi lado, acomodando su ropa y su cabello. Limpió sus lágrimas con las manos y trató de dar su mejor sonrisa. “Debo pensar”, dijo, caminando hacia la puerta para quitar el seguro. Acomodé mi ropa rápido y pasé los dedos entre mi cabello alborotado, tratando de aclarar las ideas. Ya no sabía cómo seguir, si debía quedarme allí o dejarla sola. La seguía con la mirada, sin decir nada. —Ve. Luego hablamos —me dijo desde la puerta. Pasé a su lado y besé su frente mientras ella bajaba la mirada. ----- Estaba en una nube. El cuerpo aún temblaba; no estoy segura si por el éxtasis, la emoción o los nervios por lo que vendría. Las manos no coordinaban del todo con la aguja, y creo que lo mejor era tomar un descanso antes de seguir cosiendo piedras y perlas. Al cerrar la costura, para no perder lo hecho hasta el momento, me pinché el dedo y la sangre manchó la tela. —Justo lo que necesitaba ahora —pensé. Como si no tuviera ya suficientes preocupaciones, le sumaba una más. Corrí a buscar un paño húmedo para limpiar el vestido antes de que la sangre se secara, rezando para que no quedara rastro. Frotaba y frotaba, pero no había caso: la mancha no salía. Sentí tanta impotencia que me largué a llorar como una niña. No era por la mancha… era por el peso del pecado, del deseo y del pasado. La mancha solo era la excusa. —¿Qué sucede, Ray querida? —preguntó Ethel, que había llegado de visita sin avisar. —¡Ay, Ethel! —suspiré profundamente, con los ojos llenos de lágrimas. —No es para tanto —dijo al ver la mancha que le mostraba—. Tranquila, te enseñaré un truquito. Ethel había manchado más prendas de las que podía recordar, y ya tenía asumido que mientras sostuviera una aguja seguiría pasando. Pero también tenía su infalible tip de limpieza rápida. —A ti te pasa algo más —dijo mirándome con atención. —No, solo me abrumé. —Si no quieres decirlo, no lo hagas, pero sé que hay demasiada presión sobre ti… y no solo por esto —dijo, mostrando la tela entre sus manos. —Sí, tienes razón. El pasado pesa, y el presente… más —volví a llorar. —Ay, querida —me abrazó—, podés llorar tranquila. Nadie te juzga. No dijo más. Solo me contuvo, y lloré lo que debía, aunque nunca me gustó hacerlo frente a otros. Nando apareció en la puerta, pero ni siquiera lo noté. Ethel sí, y con un gesto le pidió que nos dejara solas. Él obedeció, sin pronunciar palabra. —¿Puedo decirte algo en confianza? —pregunté, limpiándome los ojos. —Claro, querida —respondió dulcemente. —Es que… —hice una pausa, apretando los labios—. Alguien a quien amé mucho volvió, y ahora no sé qué hacer. Tengo marido, ¿sabés? —Lo sé —asintió—. ¿Y lo amás? —¿A mi marido? —pregunté confundida. —Creo que nunca lo amé demasiado… —confesé al fin. —¿Y a la otra persona? —Siempre… nunca dejé de hacerlo. —Entonces ahí está tu respuesta. No pienses en ellos, pensá en vos. —¿Y mi hijo? —las lágrimas amenazaron con volver. —Yo me separé de mi primer esposo teniendo dos hijos. Cuesta, sí, pero se puede. Nunca me reprocharon nada. Con su padre tuvimos un buen trato; no como pareja, sino como padres… y funcionó. La miré tratando de imaginar si sería posible algo así. Un vínculo sin pareja, pero con respeto. Difícil, aunque no imposible. Sabía que tarde o temprano tendría que hablar con él, decirle la verdad. ¿Cómo lo tomaría? Me daba miedo, lo admito. Pero ya era tarde para arrepentirse: ahora solo quedaba afrontar las consecuencias. Tal vez no hoy, pero algún día… tendría que hacerlo.






