Capítulo 22

Nando

No lo podía creer. Otra vez había fallado. Otra vez me dejé ganar por la vergüenza. Todo el camino hasta llegar a casa me reproché lo tonto que había sido.

Tal vez debí dar la vuelta y regresar, tomarla por la cintura, acercarla a mí y besarla. Solo besarla, sin mediar palabra. Pero no lo hice.

El camino se hizo largo entre pensamientos recriminatorios y escenas imaginarias que no era capaz de realizar. Al llegar, me tiré sobre la cama: el cuerpo estaba cansado, pero la mente inquieta. No lograba conciliar el sueño mientras los demás dormían plácidamente desde hacía una hora. Trataba de no dar demasiadas vueltas para no hacer ruido, pero era casi imposible.

El calor ya se sentía en el aire. Hoy iba a ser un hermoso día. Intenté alejar mis pensamientos de Ray hasta que, poco a poco, los sueños se mezclaron con ellos.

Una alarma chillona me despertó. Alguien había puesto su despertador, y las quejas no tardaron en llenar la habitación. Me tapé la cabeza con la almohada, queriendo seguir dentro del sueño que apenas recordaba. En él, yo me atrevía a besarla.

Tenía varias horas por delante hasta las siete de la tarde, cuando empezábamos a preparar todo para el trabajo. Me di una ducha rápida, me vestí con un short de baño negro y una remera gastada. Me calcé las chanclas, acomodé la gorra hacia atrás y salí.

Iba a la playa.

Algunos compañeros me alcanzaron corriendo, y también las chicas. Parecíamos una colonia de vacaciones: todos juntos, riendo, compartiendo. Me recordó a las excursiones de la escuela. Fuimos hasta la otra bajada, la más alejada, la que no daba al Sunset. Esa la dejaríamos para la noche.

Apenas puse un pie en la arena, la vi. Ray.

De entre tantas bajadas posibles, justo elegí esa. Sentí una mezcla de miedo, vergüenza y rabia. Estaba con Alex… y también con Maxi. Pasé disimulando, fingiendo no verlos mientras charlaba con mis compañeros, pero su voz me detuvo.

—Hola, Nando —dijo, con una mezcla de sorpresa y desilusión.

—Hola —respondí, fingiendo sorpresa—. No me di cuenta de que eran ustedes.

—Hola… —una voz sensual se acercó por detrás de mí—. ¿Quién es tu amigo? —preguntó una de las chicas que venía conmigo, refiriéndose a Maxi.

—Maximiliano, ¿no? —lo presenté, sin mucho entusiasmo.

Era lo que me faltaba: hacerle de cupido al imbécil. Sé que soné algo soberbio al decir su nombre, pero quería dejar claro que no me agradaba. No después de haberme robado a Ray la noche anterior.

—Maxi. Solo Maxi —corrigió él, acercándose para darle un beso en la mejilla a mi compañera.

Quizás no era tan mala idea hacerle de cupido. Tal vez era mejor de lo que pensaba.

—Nando, ¿tenés un cigarrillo? —me distrajo Ray.

—Claro —respondí rápido, sacando el paquete del bolsillo del short.

—Me hubieras pedido, yo tengo —se entrometió Maxi.

—Gracias —dijo ella, tomando uno de los míos. Sentí que había ganado una pequeña batalla.

Quizás aún tenía una oportunidad. Solo tenía que aprovecharla.

Aunque no entendía por qué me costaba tanto, si ella parecía sentir algo por mí.

O tal vez solo eran mis ilusiones empujándome hacia adelante.

Me senté a su lado sobre la arena, marcando un territorio aún sin declarar, y los demás se fueron sumando a la ronda. Incluso Maxi, que quedó entre Ray y mi compañera, la que no se despegaba de él y lanzaba indirectas constantes. Ella también ya había marcado su lugar.

 Las risas de los demás llegaban distantes, como si fueran parte de otro mundo.

Yo solo la miraba, sin atreverme a tanto, sin poder alejarme tampoco.

A veces el destino se disfraza de cobardía, y uno no lo entiende hasta mucho después.

Ese verano aún no terminaba, pero yo ya presentía que iba a doler recordarlo.

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