Mundo ficciónIniciar sesiónMe reí sola, entre nervios e ilusión. No había escrito ni siquiera un “buen día”, tan solo una palabra: “Acepto”. La emoción me traicionó, olvidando los modales. Poco importó, porque su respuesta inmediata denotaba urgencia. No me citó en una oficina ni en algún horario especial. No. Era en un rato. Ahora. Ya.
Y eso me ponía aún más nerviosa, aunque no sé por qué. Solo era un trabajo… con un amigo… con él, el amor de mi vida, un imposible ayer y hoy. Desperté a Pedro, preparé su desayuno y guardé todo en su mochila mientras él tomaba su taza de leche. Tomé mi cartera y la colgué cruzada sobre el pecho. Caminé ligera, feliz, más sonriente que cualquier otro día. Me sentía como si estuviera en un campo lleno de pequeñas flores amarillas, envuelta en una libertad dulce y relajante. A lo lejos divisé su figura, de brazos cruzados, parado frente a la entrada de la escuela, igual que lo veía desde hacía cuatro años. Solo que esta vez… podía hablarle. —Mami, ¿vas a trabajar? —la voz de mi pequeño me sacó del ensueño. —Sí, amor —respondí con una sonrisa que él devolvió. Escuchamos el timbre y nos despedimos con un hasta luego lleno de besos. --- Fernando En cuanto los niños entraron a sus aulas, caminé hacia ella. Quise sacar un cigarro, pero desistí para no incomodarla con el olor. Ella ya no fumaba, me lo había dicho. Mordí mi labio inferior para no dejar escapar la emoción que me quemaba por dentro. Tomé aire, lo solté despacio y dejé escapar un “Buen día, Ray” cargado de ilusión y envuelto en contención. Ella respondió con una sonrisa y los ojos llenos de luz. —Traje mi currículum —dijo, algo nerviosa, aunque trató de disimular. —No era necesario —respondí, pero igual lo tomé—. ¿Vamos por un café? Caminaron uno al lado del otro, sin rozarse, con las manos tan cerca que el aire entre ellas parecía encenderse. No sabían aún si hablaban de trabajo o si solo buscaban una excusa para seguir mirándose. Luego de un largo café que llevó casi dos horas entre charlas de trabajo y risas salpicadas de nostalgia, propuse que fuéramos de una vez al teatro para mostrarle su nuevo lugar de trabajo y conocer parte del staff. El aire se sentía denso, no por molestia sino por nervios. Tenerla tan cerca y no poder acercarme como deseaba era una tortura. Las manos rozaban apenas el aire del otro y, de vez en cuando, se tocaban con disimulo, como por accidente. Podía sentir su olor: dulce pero fresco. No era un perfume que empalagaba como otros, no, el suyo era distinto. Un aroma limpio que despertaba todos mis sentidos y traía de vuelta recuerdos que creía olvidados. —Ethel, querida —saludé al llegar hasta la sala de vestuario del teatro—. Te presento a tu sucesora… Rayhan. —Buenos días, preciosa —respondió Ethel, acercándose a ella y dejando dos besos en sus mejillas, uno de cada lado. Ethel solía decir que los besos se daban de a dos: uno para saludar y otro para no pelearse jamás. No sé de dónde había sacado eso, pero siempre lo hacía; era su costumbre desde que la conocí. Luego de presentarlas, las dejé solas para que le mostrara el taller y le diera las recomendaciones necesarias para adaptarse, mientras yo supervisaba un ensayo. --- Rayhan Sentía un fuerte cosquilleo en las manos, en la punta de los dedos. Las sacudía de tanto en tanto para intentar que desapareciera, pero allí seguía. Eran los nervios, la emoción de mi primer trabajo después de tanto tiempo. Ethel era una mujer muy especial; tenía ese toque excéntrico pero familiar. Así era yo antes de dejar que la presión social me encapsulara. Ella tenía un don que se notaba a leguas: era dulce, amable, capaz de hacerte sentir en casa con pocas palabras. Entre telas e hilos me enseñó cada rincón del taller. Me mostró viejos trajes cosidos a mano, algunos de tiempos en que apenas se alumbraban con una vela en los comienzos del teatro, y otros más recientes pero igual de majestuosos. Ethel, obviamente, no era la primera que había trabajado allí, pero, al igual que a ella, le habían enseñado los secretos y encantos del lugar. En una esquina poco iluminada brillaba con luz propia un espléndido vestido que recordaba haber visto muchos años atrás: el vestido de Julieta, en la última escena antes de morir por última vez junto a su amado Romeo. Esa obra la vi allí mismo, cuando apenas tenía dieciocho años. Era tan hermosa que recuerdo haber llorado. Supongo que también Shakespeare lloró al escribirla... o al menos eso me gusta imaginar. Me acerqué con respeto y melancolía, como si se tratara de una persona y no de un vestido. Toqué suavemente la tela con la punta de mis dedos y sentí esa electricidad recorrerme el cuerpo: era un recuerdo, una pasión y una tristeza a la vez. Romeo y Julieta había sido la primera obra que presentó este teatro, y de tanto en tanto, volvía a representarse. Ethel me contó que cada persona que visita el taller se siente misteriosamente atraída hacia ese mismo vestido, como si una fuerza invisible los atrapara. Eso —dijo con los ojos vidriosos— era lo que más iba a extrañar cuando se fuera. Me mostró viejos libros con bocetos y carpetas con patrones de cada traje que se había hecho allí. Cada uno llevaba la firma de su creador, y pronto, también la mía se sumaría a esa lista. Luego me condujo por el pasillo que conecta el taller con los camarines. Una luz tenue apenas iluminaba el camino hacia el escenario. Creo que nunca había estado de este lado, mejor dicho, estoy segura de que nunca lo había hecho. Voces fuertes se escuchaban actuar… no sé de qué obra sería, pero sí reconocí una entre todas. Una que aceleró mi corazón, una que reconocería entre miles. Me quedé inmóvil, con la vista perdida en el escenario, mientras su voz se alzaba como un eco lejano entre los muros del teatro. En ese instante entendí que no era Julieta la que moría… era yo, reviviendo todo lo que creí haber enterrado.






