Me senté frente a mi esposo luego de servir la cena, el sonido de los cubiertos llenando el silencio. No quise esperar más.
—Voy a aceptar el trabajo, ya hablé con Alex y tiene razón —dije, sin rodeos.
No levantó la vista del plato.
—¿Trabajo? ¿Con quién?
—No es con quién, es dónde —hice una pausa tragando saliva, no quería que los nervios me traicionaran—. Hay un llamado para cubrir el puesto de vestuarista en el teatro —no podía decir de quién había sido la idea.
Sus manos golpearon