Capítulo 26

Nando

Sentí romperme por dentro como un cristal en mil pedazos que no vuelven a unirse. Fue tan fría, tan cortante, que no parecía ella. No era la Ray que yo conocí, ni la que conozco. Ya no era su Nando, ahora era Fernando con todas las letras, o el señor director.

¿Qué podía decir para cambiarlo, cuando el dolor te tapa la boca y sus palabras cortan? Sentí derrumbarme y me fui. La dejé otra vez. Sentí culpa y odio hacia mí mismo. Era comprensible que actuara así: yo lo había provocado.

Terminé mis tareas y me marché. Hoy no era necesario, y tampoco podía ser de ayuda para nadie. Me hundí en la tristeza, encerrado en mi casa, en mi cuarto oscuro, tirado sobre la cama. No podía sacar su rostro de mi mente, ni sus labios tibios de los míos. Su recuerdo me perseguía como un fantasma anclado en el pecho.

El dolor volvió, igual que aquella noche cuando la dejé ir.

¿Por qué era tan estúpido? ¿Qué me había hecho pensar que tenía una oportunidad ahora? Lo mejor sería seguir, ignorar lo pasado e intentar volver a ser buenos amigos. Si pude antes, puedo ahora.

Tomé mi laptop y me puse a trabajar, aunque no lograba concentrarme del todo. Abrí una nueva pestaña y redacté la carta de amor más hermosa que jamás había escrito. No la enviaría; tan solo quería cerrar un ciclo con ella. Era para mí. Eran las palabras que nunca pude decir.

La guardé en mis archivos bajo el título “Alegoría de una noche de verano”. La fecha era de hoy, pero los sentimientos eran de siempre.

Intenté descansar y alejar los pensamientos, pero no lo logré. Me levanté aún con sueño, bebí mi café y encendí un cigarrillo. Lo sé, es muy temprano para fumar. Desayuné en silencio total, tanto que resultaba aturdidor. Preparé mis cosas, tomé la chaqueta que colgaba de la silla y salí rumbo al trabajo.

Habían pasado tres días desde que la vi por última vez.

Al llegar, encuentro a Ray en la entrada, esperándome.

—Buen día, Nando… —sonrió.

—Buen día, Ray —respondí, nervioso y sorprendido.

—Olvidé mi llave.

—Me hubieras llamado, habría venido más rápido.

—No importa, fui yo la tonta… y tú no tienes la culpa —respondió, y no estaba seguro de si seguíamos hablando de las llaves.

Me alegré de volver a verla sonreír, aunque con cierta timidez. Era como si quisiera decir algo y no se animara. No me importó; era feliz solo con verla y poder hablarle.

Tomé mis llaves y abrí la puerta, dejándola pasar primero. Ella fue encendiendo las luces una a una a lo largo del pasillo, hasta llegar al taller.

—¿Quieres un café? —me ofreció.

—Claro —obvio que acepté.

—Toma asiento, yo lo preparo —dijo, sonriendo.

—¿Quieres que traiga algo para acompañar? Puedo ir a la panadería o algo. —me ofrecí, todavía nervioso.

—No hace falta, traje esto —mostró un tupper con galletas.

—¡Oye! Huele exquisito —elogíe apenas lo destapó.

Evitaba mi mirada; no me veía a los ojos como antes. Trataba de acercarse, pero a la vez mantenía distancia. Sonreía con timidez, bajando la vista. Sirvió dos tazas y las dejó sobre la mesa, sentándose frente a mí.

Yo la observaba en silencio, y ella seguía esquivándome. Intentó buscar un tema de conversación para no sentir la presión del momento. Tomaba un sorbo de café y apretaba suavemente los labios, conteniendo un deseo oculto, pero tan visible que no sabía cómo debía actuar ante ello.

No podía dejarme ganar por el impulso y volver a romper lo que ahora estábamos intentando recomponer.

Preferí callar… y guardar cada detalle en mi memoria.

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