**SANTIAGO**
El pitido constante de las máquinas perfora el pesado silencio, un recordatorio cruel de lo frágil que es la línea entre la vida y la muerte. Mis músculos están rígidos, como si hubiera pasado una eternidad en esta silla, cuando en realidad solo han sido unas horas. Horas en las que el tiempo se ha vuelto una tortura, una prisión de incertidumbre donde el único consuelo es que Andrea sigue respirando.
Paso una mano por mi rostro, sintiendo el ardor en mis ojos cansados. Intento cer