Camila no responde de inmediato. Me observa en silencio, inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido entre nosotros. Su mirada está fija en la mía, sin parpadear, sin permitirse flaquear. Hay un brillo en sus ojos que me desconcierta. No es enojo —lo reconocería al instante—, tampoco tristeza. Es algo más profundo, más callado… una especie de resignación que corta sin hacer ruido. Me atraviesa como una daga suave y lenta.
Entonces, extiende su mano. No tiembla. La posa sobre la mía con una in