Oscuridad… eso era todo lo que había. Un vacío profundo, tibio, envolvente. No sabía si estaba despierta o si seguía atrapada en algún sueño olvidado. Todo era difuso, borroso, como si flotara en un mar espeso sin poder distinguir qué era real y qué no.
De pronto, voces. Voces que parecían venir de muy lejos, ecos apenas audibles que rompían la calma sofocante.
—Andrea —escuché.
Era Santiago. Reconocería esa voz en cualquier parte, aún entre la niebla de mi mente. "Quiero el divorcio", dijo, y