**SANTIAGO**
Las luces del hospital no parpadean, pero juro que cada una parece absorber algo de mí. Con cada paso, siento que se apaga una parte. No sé si es miedo, culpa o rabia. Hace frío, o al menos eso creo, porque la piel se me eriza, aunque no sienta el aire moverse.
Leonardo camina delante de mí. No habla, no me mira, pero sus manos están cerradas con tanta fuerza que los nudillos se le ven blancos. Está al borde. No hace falta que lo diga. Lo conozco. He visto su rabia, su orgullo, su