Y justo cuando creo que lo peor ha pasado, escuchamos pasos de nuevo. La cerradura gira lentamente, produciendo un clic metálico que se mete bajo mi piel como una advertencia. Camila y yo nos miramos en silencio, con la respiración contenida. Cada segundo se estira como un hilo tenso a punto de romperse.
La puerta se abre con un chirrido seco y entra una mujer. Alta, con el cabello recogido en un moño perfecto, labios pintados de rojo, ojos sin emociones. —Bien, las dos damas, entren al baño —o