**SANTIAGO**
El zumbido de los fluorescentes en el techo suena como un lamento agudo que perfora la quietud del pasillo. Estoy sentado en una de estas sillas frías y duras, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre los hombros. No me muevo. Apenas respiro.
La camisa que llevo puesta todavía está manchada con la sangre de Leonardo. Ya está seca, pero el rojo oscuro se ha impregnado en la tela y en mi memoria como una cicatriz que no pienso olvidar. Es mi forma de recordarm